sábado, 24 de marzo de 2012

Sismo

Primero la turbulencia. A medio cielo. Yo iba hacia el baño, me agarró de sorpresa en el pasillo. Esperaba que se moviera el carrito despachador de refrigerios. Todo se movió y el piloto avisó que habría turbulencia. Estábamos entre las nubes. Aterrizamos en medio de una ciudad inmensa, casi gris, custodiada al oriente por sus inmensos volcanes. Sus cumbres nevadas. La mujer blanca de nieve cubierta estaba, tan mujer que su sensualidad dominaba la cuenca. Las fumarolas del Popocatépetl no las advertí. Parecía en reposo. Regresando, ya en casa, en el cuarto piso se movía todo, pero no era el piso, era yo. Sentía como aquella mala noche fondeando frente a La Paz, lejos de la orilla y lejos de ballenas rezagadas. Sentí como después de horas tripulando una lancha de motor. Al fin dormí, meciéndome aún pero concilié el sueño. Al día siguiente, o al siguiente, me sorprendió la alarma sísmica. Nunca la había oído. Las sirenas de los simulacros en las escuelas eran mucho menores. Presentí algo trágico, algo sorpresivo, y me quedé inmóvil en el pasillo, esperando. Solo tuve que esperar unos cuantos segundos, ya el viento confirmaba el presagio. Comenzó el movimiento oscilatorio. Fuerte, firme. Nada caía de su lugar pero todo se movía. Se movía todo el edificio, el librero, los libros, las plantas, las lámparas y se oía un estruendo, varios estruendos. Aunque la sirena lo dominaba todo, se alcanzaba a oír. El mareo le siguió después. Hubo numerosas réplicas, yo las supuse todas parte de mi mareo. Las alarmas no volvieron a sonar. Las comunicaciones colapsaron. No había manera de comunicarse con los demás. No quise salir a la calle. Prendí la tele, la señal era intermitente. Las imágenes me demostraban lo contrario a lo que había creído. Con la magnitud del sismo que yo percibí, pensé que el centro de la cd., Tlatelolco, Reforma, la Col. Roma, la Zona Rosa y Condesa, estarían colapsados. Me equivoqué. No había una sola ruina.
Una niña huichola apareció en la Sierra. Los marakames la consideran oráculo. Apareció acompañada de un "niño negro". Julián, marakame de Santa Catarina fue ayer a preguntarle sobre los temblores. Negociaron. Y dijo que ahora se calmarían, pero que en dos meses volvería a moverse la tierra.

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