martes, 21 de diciembre de 2010

El invierno y la navidad me traen año tras año una misma mezcla de sabores. Son los sabores de cada sensación decembrina y de año nuevo, empezando por el frío, siguiendo por el hueco en los bolsillos, las cuentas de banco patéticas, la billetera obsoleta... luego la sensación de querer estar en paz con la navidad y no querer unirse a la absoluta compulsión del compro y regalo, del compro y luzco: las botas, los rayitos, la bolsa, las uñas, el suéter, el abrigo. Veintinueve navidades y en ninguna me ha caracterizado la abundancia del doy y regalo, del doy y me regalo a mí misma... esa sensación de querer comulgar con la navidad, así, sin que regalar, sin qué vestir, sin que dar, sin que lucir, es la emoción definitiva después de todas las anteriores... pero por varios años, la sensación navideña principal era su compañía, sus regalos, sus felicitaciones, su calor en medio del frío del invierno, su familia... Cada navidad desde el 2003 la pasé de alguna manera a su lado. Únicamente una juntos toda la noche, pero todas las navidades, incluyendo la primera desde nuestra separación y la pasada, cuando me pidió el divorcio, todas las navidades me saben a él. A la ensalada de noche buena que nadie quiso probar, a ese Xaviti tan amado por mí. La navidad y las demás épocas del año me recuerdan tanto a él...

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